Un pueblo que respira entre dos regiones
Unquera tiene esa virtud extraña de los lugares que casi nadie visita: está ahí mismo, a la orilla de la carretera N-634, casi tocando Asturias, y la gente pasa de largo como si nada. Yo lo descubrí hace cinco años por casualidad, buscando dónde comer un domingo, y desde entonces es uno de mis secretos mejor guardados de la costa de Cantabria.
El pueblo se divide en dos: la parte asturiana (que técnicamente es Cabrales, aunque nadie lo recuerde) y la cantabra. Lo mejor es que esa frontera imaginaria no te importará nada. Lo que importa es que aquí el Deva entra al mar de una manera tan épica que entiendes por qué los marineros del siglo XVI escribían sobre este lugar en sus diarios de navegación. Los acantilados de más de cien metros caen hacia el agua como si la montaña cediera de repente, cansada de sostener el peso de tanto paisaje.
Qué ver y hacer en Unquera
Empieza en el paseo marítimo. Sí, es corto, pero esa es la belleza. No hay tumbonas de turistas, no hay vendedores ambulantes de cosas que no necesitas. Hay gente local que pasea después de comer, abuelos mirando el mar como quien contempla una obra maestra que ya ha visto mil veces pero sigue mereciendo la pena.
La boca del Deva es lo que realmente te va a enamorar. Esa zona donde el río dulce abraza el agua salada, rodeada de acantilados que parecen hechos de piedra antigua. Hay una pequeña playa a ambos lados, perfecta para sumergirte sin la sensación de estar en una playa oficial. La marea es lo que manda aquí, así que ve cuando suba si quieres ver cómo el agua sube por los acantilados como si quisiera alcanzar la cima.
Sube hasta la ermita de la Virgen de la Guía, que vigila desde lo alto. No es gran cosa arquitectónicamente, pero el camino hacia allá y las vistas cuando llegas merecen los diez minutos de subida. Los días claros ves toda la costa hasta Picos de Europa.
Si eres de los que necesitan movimiento, los senderos que salen hacia el interior del valle son una gozada. El Deva arriba es río puro, verde, donde todavía hay trucha. La gente local sigue pescando con ese respeto que solo tienen los que crecieron junto al agua.
Dónde comer como si fueras de aquí
Esto es donde Unquera brilla de verdad. No hay seis restaurantes hipster ni menú turístico traducido a diez idiomas. Hay sitios donde comen los de Unquera.
Casa Marcos es la institución. Lleva casi medio siglo en el mismo sitio haciendo lo mismo: cocina tradicional de la costa sin pretensiones. El arroz con pescado es el que debería servirse en todas partes y no se sirve en ninguna. Las angulas, si tienes presupuesto. Si no, la merluza a la santanderina que cuesta un tercio.
En el lado asturiano, El Pulguilla es donde van los conocedores. Pescado del día, sin historias. Preguntas qué hay, te lo sirven de la forma más honesta del mundo, pagas un precio justo. He comido ahí merluza que sabía a mar de verdad.
Para algo más casual, los bares de la plaza sirven raciones que hacen que entiendas por qué esta región come como come. Una cervecita, unos percebes si estás de suerte, un queso local que alguien trajo de la montaña.
Dónde dormir
Unquera no tiene hoteles de lujo, y gracias por eso. Tiene casas rurales auténticas, pequeños hoteles familiares donde el dueño te pregunta si has dormido bien en el desayuno porque le importa de verdad.
Busca en los mejores alojamientos de Cantabria filtrando por Unquera o Llanes, que está a solo cinco kilómetros. Si duermes aquí, te ahorras el circo de Llanes y tienes todo al lado. Las casas rurales con vistas al valle salen baratas comparadas con la costa turística.
Cómo llegar
Unquera está casi exactamente a mitad de camino entre Gijón y Santander por la costa. Si vienes de Madrid, coge la N-634 y déjate llevar. Es una carretera que merece la pena recorrer lentamente. Si tienes tiempo, para en Potes (que ya conoces bien de aquí), sube a Cabrales, y baja hacia Unquera por la carretera de montaña. Dos horas de coche, pero son dos horas donde entiendes por qué la gente se queda a vivir aquí.
El consejo de una local
Ve en primavera o principios de otoño. No en agosto, que hasta aquí llega algo de turismo de carretera. En septiembre, cuando el agua empieza a estar fresquita pero los acantilados todavía respiran calor, es perfecto. Come siempre en los sitios donde come la gente de Unquera. Si ves un bar lleno de ancianos a mediodía, entra sin dudar. Esos son los mejores restaurantes que existen. Y por favor, no lo cuentes mucho. Este es uno de los únicos pueblos de la costa que todavía huele a vida de verdad, y prefiero que siga siendo así.

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