Comillas: el pueblo de Cantabria donde los palacios de cuento se alzan sobre acantilados salvajes

Cuando llegué a Comillas por primera vez, el Atlántico casi me tumba

No es exageración. Viento del norte, mar de espuma blanca rompiendo contra los acantilados, y ahí, encima de todo eso, un palacio que parecía sacado de un cuento de Perrault. Comillas es eso: un pueblo donde la arquitectura se atreve a soñar en voz alta mientras el Cantábrico brama debajo. Está a solo 40 kilómetros de Santander, pero te juro que se siente como estar en otro mundo. Los turistas vienen por el Capricho de Gaudí y se van sin saber ni la mitad de lo que hay aquí.

He pasado más fines de semana aquí que en mi propia casa, y cada vez descubro algo nuevo. No es un pueblo para prisas. Es un lugar para perderse entre callejuelas empedradas, para sentarse en un balcón y dejar que el viento te cuente historias de marineros, para comer marisco hasta no poder más y dormir como los justos en una habitación con vistas al mar.

Qué ver y hacer en Comillas sin morir en el intento

El Capricho de Gaudí es lo primero que ves cuando te dicen Comillas, y sí, merece la pena entrar. Pero aquí viene el secreto de local: ve por la tarde, cuando los autobuses de turistas se van. La casa deslumbra de verdad cuando el sol baja y la luz dorada te cuenta por qué Gaudí era un loco genial. Las columnas como huesos, los azulejos que brillan como escamas de pez, la sensación de estar dentro de una criatura viva. Cuesta 5 euros entrada, y créeme, vale.

El Palacio de Sobrellano es el rival elegante del Capricho. Fue la casa del Marqués de Comillas (el tío que prácticamente fundó este pueblo), y es donde aprendes que la burguesía del siglo XIX soñaba en grande. Los interiores son brutales: mármoles italianos, chimeneas de lujo, vistas al mar que harían llorar. La capilla neogótica de al lado es una pasada. Menos turismo masivo, más ambiente de verdad.

La Playa de Comillas es pequeña pero con personalidad. Los acantilados te abrazan, hay sitios donde nadie molesta. En marea baja descubres piscinas naturales donde los críos saltan como ranas. Y si eres de los que respetan el mar, sentarse en las rocas con un vermut y ver pasar los atardecer es pura meditación.

El Faro y los acantilados son tu ruta costera obligatoria. Camina desde el pueblo hacia los acantilados del norte (Cabo de Oyambre), y verás por qué este trozo de costa tiene tanta mala baba. Las piedras rosadas, la hierba salvaje, el ruido del mar contra la roca. Es como si la naturaleza te estuviese diciendo: «aquí mando yo, tú mira y aprende».

Dónde comer en Comillas sin arrepentirte

Mira, Comillas es un puerto, y los puertos tienen una regla: come lo que acaban de sacar del agua. En la Marisquería El Marinero (calle General), piden la nécora con los ojos cerrados. La cambuja es cara, pero si la pruebas una vez entiendes por qué. Los percebes si tienes suerte y presupuesto de oligarca.

Si prefieres algo más tranquilo, en La Pinta (paseo de la playa) hacen un pulpo a feira que aprendieron de verdaderos maestros. Las gambas rojas crudas, con un limón y punto. Nada más. Así es como debe ser.

Para un vermut de tarde, Bar El Duomo (plaza del Duomo) está siempre lleno de locales. Anchoas, jamón, croquetas que parecen de abuela. Es donde los pescadores van cuando terminan el turno.

Dónde dormir si quieres que Comillas sea tuyo

Las opciones van de todo: hostales, casas rurales, hoteles con piscina. Si buscas los mejores alojamientos en Cantabria, verás que Comillas tiene de todo, pero aquí va mi recomendación de calle: busca una casa rural con terraza mirando al mar. No es más caro, y la experiencia de desayunar viendo los acantilados mientras bebes café es de esas que te cambian la vida.

Si quieres hotel, el Hotel del Casar está bien situado, sin ser escandaloso de precio. Desde las habitaciones ves el Capricho.

Cómo llegar sin perderte

Desde Santander son 40 minutos por la N-634. Si vienes de Oviedo, una hora y cuarto desde Gijón. Hay autobuses directos de Alsa que te dejan en el centro. Si conduces, aparcar es fácil en los periféricos; el centro se pasea a pie.

El consejo de quien vive aquí

Ven en abril o septiembre. En agosto es la invasión turística y pierdes la magia. Ve al Capricho a primera hora de la mañana o a última de la tarde. Come en el puerto, siéntate en un banco, observa a los marineros. No tengas prisa. Comillas no es un checkbox de ruta; es un lugar para estar, para respirar diferente, para entender por qué nuestros bisabuelos arriesgaban la vida por estas aguas.

Y si llegas de madrugada, quédate en la playa viendo cómo el faro gira iluminando todo. Es como estar dentro de un sueño que alguien más está teniendo.


Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *